Es de todos bien sabido que el objetivo de hacer una quedada tejeril no va más allá de conocer gente nueva, aprender, compartir, charlar y, ante todo, pasar un buen rato. Pues bien, algo tan sencillo e inocente como esto puede, a veces, suponer un gran problema para otros. Tarde o temprano nos teníamos que topar con uno de esos “otros” y eso es lo que pasó el pasado lunes en Barcelona Knits.
Antes de comenzar me vais a perdonar porque creo que ésta va a ser una crónica un poco extensa, ya que queríamos contar lo que nos pasó. Si queréis podéis ir directamente al apartado de las fotos y ver nuestros proyectos de ese día :)
Bien, esa tarde quedamos en el barrio barcelonés de Sant Andreu porque íbamos a ser muy pocos y nos venía bien hacerlo allí. Elegimos una conocida cafetería llamada L’Aroma, que está situada en el Paseo Fabra i Puig nº 66, aquí os dejo una fotografía del local por fuera:

La cosa fue bien sencilla. Apenas hacía una hora que habíamos llegado los primeros asistentes y 10 minutos, como mucho, que había llegado la última. La cafetería estaba a rebosar y nosotros éramos 6 personas ocupando una mesa para cuatro. La cosa empezó mal cuando quisimos coger la mesa de al lado y no nos dejaron. Bueno, es comprensible, estaba todo muy lleno. Tranquilamente nos dispusimos a continuar con nuestras labores varias cuando, a los pocos minutos, se nos acerca un camarero que parecía mostrar cierta curiosidad por lo que estábamos haciendo. De repente nos suelta que eso no lo podemos hacer ahí, que está prohibido, y ahí es cuando empezamos todos a flipar un poco. El amable señor (nótese la ironía) argumentaba que su jefe no permitía que estuviéramos ahí haciendo eso, que no podíamos llegar ahí con “esa cosa”, que estábamos jugando (¿?¿?¿?), que molestábamos a la gente y que encima no estábamos consumiendo (cuando algunos ni siquiera habían tenido tiempo de probar el té que les habían acabado de traer), que eso era un sitio para ir, tomarse algo e irse, no para estarse allí toda la tarde. Os prometo que todo esto son palabras literales y os prometo también que el buen hombre hizo todo el esfuerzo que pudo y más allá para sacar toda su mala educación. Le contestamos que no entendíamos lo que nos estaba diciendo, que estábamos consumiendo, que sólo éramos 6 amigos que estábamos ahí tranquilamente, que tanto da ponerse a tejer como leer el periódico, y que las cosas se pueden decir con más amabilidad. El camarero estaba hecho un basilisco y la cosa ya se puso imposible.
La cuestión es sencilla y hasta comprensible. El bar estaba lleno y ellos no veían negocio en unas personas que tenían pinta de estarse un buen rato, lo que querían era que consumiéramos, pagáramos y nos fuéramos lo antes posible para que otros pudieran ocupar la mesa y consumir. Pero las cosas pueden decirse de otro modo, con más educación. Uno puede argumentar que el bar está lleno y que, disculpen las molestias, pero ése día no les va bien que nos quedemos allí, o que deberemos consumir cada cierto rato o… ¡yo qué sé! ¡cualquier cosa salvo la mala educación y la bordería de ése hombre!
Lo peor de todo es que, de las 6 personas que estábamos allí, 3 éramos (y sí, digo éramos) clientes habituales de todas las semanas, yo misma había estado allí la tarde anterior tranquilamente tejiendo y a nadie le molestó (quizás porque la cafetería estaba medio vacía y les convenía que hubiera clientes, uhm…), incluso me saludo con algunos de los camareros por la calle. Si tratan así a los clientes deseables… ¿qué harán con los indeseables?
En fin, nosotros, evidentemente, nos levantamos, pagamos y dejamos bien clara nuestra indignación y nuestra nula intención de volver allí nunca más. Quizás ése día pudieron hacer negocio con los que ocuparan nuestras mesas después de que nos fuéramos, pero desde luego que nunca más ganarán dinero a nuestra costa. Yo no quiero ir a una cafetería donde uno no puede charlar con sus amigos tranquilamente mientras comparten su afición, ni mucho menos a una en la que me traten con tan poco respeto y tanto desprecio, como si fuera un perro callejero al que hay que quitarse de encima. Os aseguro que el trato fue verdaderamente repugnante… ¡y con clientes habituales! ¡todavía no me lo creo!
Que conste que no escribimos esto para decir a la gente que deje de ir a ese bar o que no vaya nunca. Nosotros creemos que debemos contar lo que pasó, porque fue indignante, y está claro que nunca más pisaremos ese suelo. Luego que cada uno haga lo que crea conveniente :)
Bueno, después del desafortunado incidente y de recoger nuestros bártulos nos dirigimos al Picnic, el bar de enfrente, para continuar con nuestro encuentro. Allí preguntamos antes que nada si les molestaba que nos pusiéramos a tejer (no fuera a ser que les ofendiéramos con nuestros “juguetes”). Obviamente no nos pusieron ninguna pega y la tarde transcurrió, por fin, en paz. Lo mejor de todo fue que pudimos estar rajando y despotricando toda la quedada y nos quedamos bien a gusto.
Contada ya esta triste historia, pasamos ya a la crónica propiamente dicha.
Araceli ganchilleaba una mantita de bebé tipo granny square en tonos azulados con lana Karisma de Garnstudio que, personalmente, me tiene enamorada. ¡Es tan bonita y los colores están tan bien elegidos!

Nina, en el sector ganchillo también, traía una especia de capa-chal en un tono fucsia precioso. La pobre Nina lleva desde verano con él y se descorazona cada vez que piensa todo lo que le queda porque, según parece, sólo se motiva para ganchillear cuando viene a las quedadas. Por cierto, fijaos en el detalle de las uñas, ¡una monada!

Marga no tenía su mejor día. La primera mitad de la quedada estuvo colocando su hilado tipo lace que había hecho en la rueca el niddy-noddy y luego se puso manos a la obra con unos calcetines para ella que se había empezado el sábado pasado. Con lana Fabel de Garnstudio, of course.

Ramon seguía con su mantita de bebé con una lana de Anny Blatt y estuvo debatiendo con Araceli la mejor manera de hacerle el acabado en los bordes. Calcula que le quedan unos 3 o 4 años para terminarla. Si es que hay que ganchillear también en casa, Ramon.

Pushka nos visitó después de mucho tiempo. Está preciosa con su barriga y ya se encuentra mejor, aunque con ganas de que se acabe todo (¡ya queda muy poco!). Traía una manta de colores con calidad Mecha de Ovillos.com, que según ella es lo poco que puede tejer porque tiene los dedos muy hinchados.

Y finalmente una servidora, Albis, estaba a punto de terminar un calcetín a tonos rojos y anaranjados con una lana de Schoppel. No sé que me ha pasado pero me encuentro en plena fiebre calcetinera, me pasaría el día tejiendo calcetines a pares, es una obsesión malsana.

Pues esto es todo, amigos. Muchas gracias por dedicarnos vuestro tiempo y atención y muchas gracias también si habéis tenido la paciencia de leeros la crónica enterita. El lunes que viene nos vemos donde siempre a la hora de siempre.
Paz.